Lucero

En la secundaria era muy tímido y miedoso. De mis amigos, yo era el primero en rajar; alérgico y asmático además. No podía jugar ni 10 minutos sin perder el aliento. Lo que me unía a ellos era el sentido del humor y la incapacidad para hablar con las chicas.

¿Tener novia? Solo en sueños. Que seríamos inmortales, solíamos decir: como después de nacer y crecer nunca íbamos a reproducirnos, entonces no podríamos morir.

Un día llegó una muchacha nueva; era rubia, de un metro 70, muy desarrollada para tener 15 años. Se llamaba Lucero. Nos volvió locos. Empezamos a seguirla a la salida, guardando una prudente distancia, seguros de que no se daba cuenta, aunque ––obviamente–– lo hacía. Su casa quedaba bajando por al lado de la barranca, pasando el puente cerca del rastro. Siempre se iba sola.

En una de esas, Lucero se detuvo a la mitad de la plataforma. Se volvió y nos vio a la cara. Asustados, saltamos al lado de la carretera hacia la barranca. Ella permaneció inmóvil; mientras, nosotros tratábamos de seguir viéndola, escondidos tras unas ramas que nos cubrían el rostro. Ese ridículo camuflaje no sirvió de nada. Ella levantó su dedo índice y apuntó con él justo hacia donde estábamos. Del matadero salieron corriendo directamente a nosotros tres carniceros ––quienes resultaron ser sus primos–– con sendos cuchillos.

Nunca sabré cómo pero corrí 15 kilómetros (incluyendo la subida) sin detenerme. La dieta rica en colesterol de los matones nos salvó la vida. Aprendí una buena lección: nunca acoses a una chica, y menos si sus primos son carniceros.

Hotel Marriott

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“La cuenta ya está saldada. Solo restan dos mil 500 pesos”, dijo el joven recepcionista mientras acercaba la nota al borde del mostrador. Mi padre llevó sus dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz, suspiró y, sin discutir, sacó la chequera para cubrir la deuda.

Un día antes, alrededor de las cinco de la tarde, desperté en la habitación. Después de nadar todo el día y de un generoso buffet, a mi hermano y a mí nos atrapó un profundo sueño en el elevador. Nos trajeron cargando; mi mamá, a mi hermano, que era más pequeño. Al despertar no vi a mis papás por ningún lado. Pensé que fumaban en el balcón, pero no era así. Supuse, entonces, que habían salido a caminar por la playa.

Tenía ganas de bañarme. Olía a cloro y me ardía mucho el cuello por el sol. Puse el tapón en la tina y abrí las dos llaves de agua para que se llenara más rápido. En eso, Mi hermanito despertó desorientado. Preguntó por mis papás y le dije que no sabía dónde estaban. Prendí la tele para que no llorara; había luchas. Eso nos llevó inevitablemente a jugar. Yo era la Parka, y él, el Vampiro Canadiense.

Gané el primer encuentro sin esfuerzo, pero eso no le bastó al “Vampiro” y exigió la revancha inmediata. Hubo patadas voladoras de una cama a otra que no dieron en el objetivo. Él ejecutó una plancha, pero rodé para esquivarlo. Me incorporé e intenté derribarlo cuando se escuchó el ruido de la chapa al abrirse la puerta. En ese momento bajé de la cama, y la desagradable sensación de la alfombra mojada bajo mis pies me indicó que venía el regaño de mi vida.

Mis primeros pasos como escritor

Desde hace algunos años, despertó en mí el deseo de escribir. Tenía muchas ideas pero las guardaba en mi computadora.

En una ocasión participé en un concurso de cuento y cuento corto organizado en mi facultad. La idea que presenté no era mala —empezaba con un narrador en primera persona pero que, después resultaba estar hablando con otro personaje y no con el lector; algo similar al inicio de Pedro Páramo— pero era horrible: estaba lleno de faltas de ortografía y errores de redacción. Obviamente, no gané. Entendí pues, que mi ideas no eran el problema sino la forma de plantearlas. Tenía que aprender a escribir.

Muchos años antes, al final de la secundaria, descubrí La Taquilla, un programa de radio que trasmitía EXA, y después Radio Formula, y me encanto. El humor sarcástico de los conductores era exactamente lo que necesitaba. El programa era muy diferente, René Franco y Sergio Zurita son tipos realmente inteligentes y le aportaban a radioescucha una dosis de cultura con un sentido del humor inteligente. Unos años más tarde, Sergio dejó el programa para volverse titular del propio. Dispara, Margot, Dispara fue el nombre que recibió este proyecto.

En un día se presentó Sandro Cohen, un escritor, poeta, ensayista y experto en la lengua española al Dispara… Sandro escribió el libro Redacción sin Dolor que es una guía fácil para aprender a escribir correctamente en español y además imparte un curso de redacción basado en su libro. Decidí inscribirme en él.

Fue lo mejor que pude hacer. Mi redacción y comprensión del español mejoraron desde la primera clase. Aprendí a usar las comas, a evitar el encabalgamiento, a usar los puntos, las comillas, las cursivas, etcétera. En el curso tienes que escribir cada semana un trabajo de una cuartilla. Esos fueron los primeros trabajos que valían la pena que yo haya escrito.

Ahora tengo la seguridad de escribir y lo estoy haciendo. Mi blog será la forma en que compartiré mis ideas —aunque voy a guardar las mejores para una novela— y espero que ustedes, lectores, lo disfruten.