Un viaje supuestamente divertido que no haría otra vez

Después de dormir de forma intermitente hasta las cinco de la mañana decidí levantarme, arreglarme rápidamente y salir de mi casa. Ya que me cuesta muchísimo trabajo despertar temprano prefiero estar semidespierto todo la noche. Nos citaron a las seis de la madrugada y en este pueblo llamado Heroica Puebla de Zaragoza no hay microbuses a esa hora. Tuve que tomar un de esos taxis de aquí que, seguramente por intervención de un sindicato asqueroso o algo parecido, no usan parquímetro, así que te la dejan ir con la tarifa que les venga en gana.

Llegué a tiempo. No podía ser de otra manera siendo este el primer viaje que hago con la universidad en la cual trabajo. Saludé a mi jefe y a los otros profesores qué se agregaron al viaje, a los alumnos y al chofer. Tomé mi lugar entre los primeros asientos del autobús. La parte trasera del mismo le pertenece a los “chavos”. Todo bien hasta ahora.

6:45. La profesora que organizó el viaje y a la que no podíamos dejar, apenas llega. Perdón, Perdón. Tuve que dejar a mis hijas a la escuela —dice ella, con una sonrisa de “45 minutos tarde no es pa’ tanto”. Me pregunto “si sabías que tendrías que dejar a tus hijas, ¿porqué demonios nos citas a las 6 y no a las 7?”, pero no me quiero enojar. Aún no.

Con el motor en marcha me dispongo a dormir, otra vez. 2 horas y media es el tiempo aproximado para llegar al Instituto de Energías Renovables de la UNAM, en Temixco Morelos. Parada en el Oxxo —quién será el dueño de los Oxxos que se debe estar pudriendo en dinero—. Al fin llegamos y siendo solo las 10 de la mañana ya hacía un calor del demonio.

Primero una presentación en el auditorio sobre la labor del instituto. 20 o 30 minutos de “somos geniales”. Vamos en camino a las instalaciones. Son equipos que aprovechan la luz solar y la convierten en otros tipos de energía. Todo el medio día bajo el sol. Maldita la hora en que olvidé mi gorra y maldita la hora en que decidí vestirme de negro.

Celdas solares. Cámaras solares. Purificadores solares. Estufas solares. Hornos solares. Quemaduras solares en cuello y brazos.

Un reloj solar que marca las 12:30 cuando eran las 13:45.

Aunque el instituto realiza investigación en muchas otras áreas de las energías alternativas, todas las demás —las que más me interesaban— estaban cerradas para los visitantes. Fin del tour.

Somos libres de regresar a nuestras casas, tomar un baño y hacer algo más importante. Pero no. Los estudiantes quieren divertirse. Porque, seamos sinceros, el viaje para ellos nunca fue el conocer el centro donde se realiza exactamente el tipo de investigación en la que podrían hacer una maestría o un doctorado en el futuro. No, el viaje fue para echar desmadre.

Así que con la seguridad y la capacidad de toma de decisiones del estudiante de escuela pública promedio, el grupo se puso a decidir entre visitar un balneario cercano o ir hasta Cuernavaca y conocer la ciudad.

Después de una comida horrible en un restaurante-cafetería del instituto con un calor asfixiante, hice lo más lógico y me moví a un lugar más fresco.

Ya en ese lugar, con una brisa refrescante, agua —malditas escuelas mexicanas por no vender cerveza, aunque sea cerveza corriente, como en las de Inglaterra— a la sombra, leyendo algo para aprovechar el tiempo, y recibo una llamada de mi jefe.

—¿Sí?

—¿Dónde estás?

—En las bancas cerca del auditorio.

—No te vimos. Ya estamos en el balneario.

Me habían dejado. Eso me demostró lo fuertes que son los lazos de amistad entre los profesores, mis alumnos y yo. No los culpo.

Me dijo “no te preocupes; otros profesores también se quedaron. Búscalos en la cafetería y luego nos alcanzan”. Ok. Eso hice.

“Si. Me dejaron. Ja ja”. Terminaron de comer los profesores y el más grande de ellos, un viejito afeminado, quiso ir a saludar a otro de sus colegas. De hecho los profesores se quedaron porque el viejito no podía terminar la conversación con otro de los investigadores que conocía del instituto.

Resulta que, anteriormente, el viejito fue asesor de los tres profesores más jóvenes mientras estos hacían sus maestrías, y él, posteriormente, les consiguió el trabajo. Así que tenían que acompañarlo a donde quiera que fuera. Eran sus perras.

No está el profesor en su laboratorio, —dijo el viejito y pude ver una reacción de alivio en los rostros de sus alumnos-perras— debe estar en su oficina.

Vamos a la maldita oficina, yo convertido en una más de sus perras. 10 minutos. 20 minutos. 40 minutos. Habla como señora en salón de belleza.

Ok. Al fin podemos dejar ese lugar que lo único que me dejo es un poco de cáncer de piel que espero mi sistema inmune puede destruir. Tomamos un taxi y llegamos al balneario.

“Sí. Me dejaron. Ja ja”. He visto lugares tristes, otros feos, y este balneario. Eran más de las cinco de la tarde. El acuerdo con el chofer era de regresar a las diez de la noche a Puebla, así que teníamos que salir de ahí a las siete. ¡Hasta las siete!

Por lo menos al fin pude tomar una cerveza (corriente). La puesta del sol me daba en los ojos. Por lo menos ya no quema tanto.

19:00. El autobús se empieza a llenar de estudiantes y olor a sudor y humedad (no llevaban traje de baño y se metieron con sus mismas ropas). Ponen una película horrible —Los Indestructibles 2— Voy a leer mientras tenga un poco de luz. Parada en el Oxxo (otro Oxxo) y compran frituras y unas cervezas de contrabando, pero pocas. Ni para tomar son buenos.

Termina la película y empiezan a escuchar música de un celular sin audífonos. No, eso no fue lo peor. Un pequeño grupo comienza a cantar. Mi historia entre tus dedos; luego, Lamento boliviano. Siguieron con La Célula que Explota y No dejes que.

¿Puedo poner mi cabeza dentro de la caja de velocidades?

Así fue el resto del viaje, como en Karaoke a la hora del “Rock en tu idioma”.

Juro que de no haber sido esta la selección musical, la cual odio pero tolero un poquito más, y se hubieran puesto a cantar una colección de éxitos de Banda Sinaloense, yo hubiera jalado la palanca de la salida de emergencia y hubiera arrojado mi cuerpo fuera del autobús en movimiento.

22:15. Ya de regreso en puebla y sé que tengo que tomar otro taxi porque ya no hay micros a esta hora. Me despido de los profesores, de unos pocos alumnos y del chofer, al único que no odio en ese momento y me voy.